
Por: Ramón Lora Rosado
Jerusalén, año 33 d.C.
Una sala en lo alto, una mesa rodeada de discípulos, un maestro que parte el pan y anuncia su muerte. Así, entre sombras de traición y promesas eternas, se celebró uno de los momentos más sagrados de la historia cristiana: la Última Cena del Señor. Un acto profundamente simbólico que no fue una invención improvisada, sino una encarnación mesiánica de una antigua tradición judía: la Pascua
Según el evangelista Lucas, capítulo 22, Jesucristo “ansiaba comer esta Pascua” con sus discípulos antes de padecer. No era una comida cualquiera. Era el Séder pascual, una cena llena de significados, memoria e identidad para el pueblo de Israel. Una noche donde se recordaba la liberación de Egipto, el paso del ángel de la muerte y el poder redentor del Cordero inmolado
Tabla de contenido
El Pan Ácimo: Memoria de libertad, figura del Cuerpo sin pecado
Entre los símbolos de la Pascua, el pan ácimo (matzá) tenía un lugar protagónico. Sin levadura, sin fermentación, sin tiempo para esperar. Era el pan de la prisa, de la salida urgente, de la libertad que no espera. Era también, según la tradición, símbolo de pureza, sin corrupción, sin inflarse con orgullo ni pecado
Jesús, en ese contexto, toma ese mismo pan y lo redefine:
“Tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19).
Aquí ocurre un giro teológico de proporciones eternas. El pan ácimo ya no solo recuerda la esclavitud rota en Egipto, sino ahora apunta al cuerpo del Mesías, sin pecado, entregado para redimir al mundo de una esclavitud mayor: la del pecado y la muerte
La Cena en medio de la Pascua: Un cumplimiento profético
Jesús no eligió cualquier día para celebrar esta cena, sino precisamente en la preparación de la Pascua. Él sabía lo que hacía. En el calendario de Dios, la muerte del Cordero coincidía con la festividad que desde siglos anunciaba su venida. Así como el cordero pascual era sacrificado y su sangre rociada en los dinteles para proteger del juicio, así también Cristo, el verdadero Cordero de Dios, se entregaría al día siguiente como sacrificio perfecto
Al tomar el pan sin levadura y el vino —símbolo de la sangre del pacto— Jesús inaugura la Nueva Alianza anunciada por los profetas. Una alianza no escrita en tablas de piedra, sino en corazones redimidos
El Cuerpo sin Pecado: Teología del Pan Vivo
La elección del pan sin levadura como figura del cuerpo de Cristo no es incidental. La levadura, a menudo símbolo del pecado o la corrupción en la literatura bíblica, está ausente en este pan. Así también, Jesús fue tentado, pero sin pecado. El apóstol Pedro lo dirá años después:
“El cual no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22).
Cuando los cristianos hoy celebran la Santa Cena o Eucaristía, el pan sin levadura sigue siendo un eco de esa pureza. Comer de ese pan es más que un rito: es participar del cuerpo santo de Cristo, reconocer su sacrificio sin mancha, y ser llamados a vivir en esa misma santidad
Una Mesa entre dos mundos
La Última Cena del Señor es un puente entre dos alianzas, entre dos momentos históricos, entre la liberación de Egipto y la redención en la cruz. Es el cumplimiento de siglos de promesas, y la fundación de una nueva comunidad sellada por el amor y la sangre del Mesías
En cada trozo de pan partido, resuena el eco de aquella noche en Jerusalén: el pan ácimo, símbolo del cuerpo santo; la copa, anuncio del nuevo pacto; y la cena, una invitación a recordar, participar y proclamar que Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido sacrificado por nosotros
“Haced esto en memoria de mí.”
Una orden sencilla, cargada de eternidad

La última cena es recordada cuando participamos de la eucaristía , fue un sacrificio por amor, Jesús nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Vivir como servidores unos de otros.