
La división política y territorial de la isla de La Española no fue únicamente el resultado de intrigas diplomáticas firmadas en los palacios de Europa; fue, ante todo, una línea esculpida a ras de suelo a través de la ciencia del espacio y la medición.
Bajo el título «Ciencia bajo la línea: Técnicas geodésicas y agrimensura en los Tratados de Ryswick, Aranjuez y Basilea», este escrito de los lunes propone un análisis crítico sobre cómo la evolución de la ciencia geodésica y el quehacer de los agrimensores e ingenieros militares transformaron una frontera invisible, caracterizada por la ocupación fáctica e ilegal, en un límite geométrico de precisión estatal.
Históricamente, el estudio de las divisiones coloniales suele priorizar las dinámicas de poder entre las metrópolis. El Tratado de Ryswick (1697) inauguró una era de tolerancia pragmática en la isla, pero careció por completo de descripciones e instrumentos técnicos, dejando las fronteras a merced de una constante e imprecisa expansión francesa. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando las necesidades de ordenamiento colonial exigieron el auxilio de la ciencia aplicada.
Con el Tratado de Aranjuez (1777), la agrimensura asumió un rol protagónico: comisiones mixtas de ingenieros, lideradas por figuras como Joaquín García y el Vizconde de Choiseul, se internaron en los escarpados relieves caribeños para levantar mapas topográficos minuciosos y clavar en la tierra 221 pirámides de piedra grabadas.
Este rigor cartográfico, que pretendía «fijar para siempre» el límite insular, se vio sacudido apenas dieciocho años después con el Tratado de Basilea (1795), el cual disolvió las líneas demarcadas al ceder jurídicamente toda la parte oriental a Francia, alterando el propósito de la cartografía preexistente.
El objetivo central de este trabajo es examinar las técnicas e instrumentos geodésicos utilizados en la isla durante este periodo de transiciones (1697–1795), rescatando del anonimato histórico a los operarios técnicos encargados de materializar las órdenes reales.
A través de la revisión de crónicas, planos de la época y diarios de comisiones fronterizas, se analizará cómo la brújula, las cadenas de medición, la observación astronómica y la erección de hitos físicos fueron utilizadas como sofisticadas herramientas de soberanía.
En última instancia, esta investigación demuestra que la frontera domínico-haitiana actual sigue el patrón geométrico trazado por aquellos agrimensores ilustrados, consolidando la tesis de que la delimitación de las naciones se escribe con tinta política, pero se sostiene bajo la estricta exactitud de la ciencia geodésica.
I- El Contexto Geopolítico y la Evolución de los Tratados en La Española.
La configuración fronteriza de la isla de La Española no siguió un curso lineal ni pacífico. Fue el resultado de una transición profunda en la mentalidad colonial europea: el paso de la frontera de «hecho» basada en la ocupación violenta y la tolerancia mutua a la frontera de «derecho», fundamentada en la geometría, la cartografía y la diplomacia científica.
Este capítulo analiza el tránsito crítico entre el vacío técnico que caracterizó al Tratado de Ryswick y la sofisticación métrica que alcanzó su cúspide en el Tratado de Aranjuez.
A-El Tratado de Ryswick (1697): Tolerancia fáctica y el vacío técnico de la frontera invisible.
El Tratado de Ryswick, firmado el 20 de septiembre de 1697 en los Países Bajos, puso fin a la Guerra de los Nueve Años entre la Gran Alianza y la Francia de Luis XIV.
Para la isla de La Española, este documento marcó un hito histórico fundamental: España reconoció, por primera vez de forma implícita, la presencia francesa en la parte occidental de la isla, una región que los bucaneros, filibusteros y colonos galos habían ido ocupando de manera informal desde mediados del siglo XVII.
Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente geográfica y de agrimensura, Ryswick representó un profundo vacío técnico. El texto del tratado no contenía una sola cláusula que definiera geométricamente las fronteras coloniales en el Caribe.
No se trazaron coordenadas, no se enviaron comisiones mixtas de medición y no se fijaron hitos sobre el terreno. La Corona española se limitó a tolerar el statu quo de la ocupación fáctica francesa para detener el avance de las hostilidades.
Esta ausencia de demarcación científica convirtió a la frontera en una franja móvil e invisible. Al no existir mapas oficiales ni líneas de referencia, los gobernadores franceses de Saint-Domingue aplicaron una política de expansión silenciosa hacia el este.
Los colonos franceses penetraban en los valles del centro de la isla y establecían plantaciones de azúcar y café en tierras que los españoles consideraban propias.
Cuando surgían disputas, la falta de un registro técnico impedía resolver los conflictos de forma jurídica, lo que derivaba en escaramuzas locales, quema de estancias y constantes tensiones entre las autoridades de Santo Domingo y Cap-Français. Ryswick demostró que una frontera puramente política, sin el auxilio de la ciencia de la medición, era inherentemente inestable.
B-El Tratado de Aranjuez (1777): La transición hacia la primera frontera jurídica e intra-insular documentada.
Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, la Ilustración transformó la forma en que los imperios gestionaban sus dominios. La tierra ya no se reclamaba solo por la fuerza de las armas, sino por la precisión del mapa.
El Pacto de Familia entre las dinastías Borbonas de España y Francia facilitó el ambiente diplomático para resolver de manera definitiva el problema fronterizo de La Española. Tras una serie de acuerdos preliminares y tensiones locales, se firmó el Tratado de Aranjuez el 3 de junio de 1777.
Aranjuez representó una revolución metodológica respecto a Ryswick. No fue un acuerdo redactado a ciegas desde los escritorios europeos; fue el resultado directo de campañas de reconocimiento en el terreno iniciadas años antes, que cristalizaron en los acuerdos provisionales de San Miguel de la Atalaya (1776).
Por primera vez en la historia del continente americano, dos potencias coloniales acordaron fijar una frontera intra-insular utilizando criterios de la ingeniería militar y la topografía.
La frontera dejó de ser una noción abstracta y se convirtió en una línea jurídica continua de costa a costa, desde la desembocadura del río Dajabón (Masacre) en el norte, hasta la desembocadura del río Pedernales en el sur. El gran salto cualitativo de Aranjuez fue la subordinación de la diplomacia a la precisión técnica.
El tratado adjuntaba una descripción textual minuciosa de cada tramo de la frontera y se apoyaba en un mapa topográfico oficial conjunto. La línea ya no dependía de la interpretación de un colono o un terrateniente, sino de un documento cartográfico vinculante sellado por ambas coronas.
C-El Tratado de Basilea (1795): El impacto cartográfico de la cesión total y la disolución temporal de la línea limítrofe.
El equilibrio geométrico y la estabilidad territorial alcanzados en Aranjuez tuvieron una vida efímera debido al estallido de la Revolución Francesa y el subsecuente conflicto bélico en Europa.
El 22 de julio de 1795 se firmó el Tratado de Basilea, mediante el cual una España debilitada cedió formalmente a la República Francesa la soberanía de la parte oriental (española) de La Española a cambio de la devolución de los territorios ocupados por las tropas francesas en la península ibérica.
Desde el punto de vista de la agrimensura y la cartografía política, Basilea tuvo un impacto paradójico: disolvió técnicamente la línea fronteriza que con tanto esfuerzo científico se había medido en 1777.
Al pasar toda la superficie de la isla a manos de una única potencia colonial (Francia), los 221 bornes de piedra y las líneas geométricas trazadas por los ingenieros militares perdieron temporalmente su función original de límites internacionales, convirtiéndose en meras divisiones administrativas internas entre dos regiones con culturas, economías y legislaciones distintas.
A pesar de esta disolución jurídica temporal, el impacto cartográfico de los trabajos previos a Basilea fue imborrable. Los mapas detallados y las mediciones geodésicas heredadas de la era de Aranjuez sobrevivieron al colapso del orden colonial.
Cuando la isla se fragmentó nuevamente en el siglo XIX tras las revoluciones e independencias de Haití (1804) y la República Dominicana (1844), los nuevos estados independientes no partieron de cero; recurrieron a la rigurosa línea de 1777 como la referencia histórica y técnica fundamental para reclamar y negociar sus respectivas soberanías territoriales.
II: Instrumentos y Técnicas Geodésicas del Siglo XVIII.
La materialización de la línea fronteriza pactada en el Tratado de Aranjuez exigió abandonar las estimaciones visuales y empíricas para dar paso a la precisión matemática de la Ilustración.
Los ingenieros militares y agrimensores españoles y franceses que se internaron en los territorios de La Española debieron enfrentarse a una geografía hostil provistos de los instrumentos más avanzados de su tiempo.
Este escrito examina la metodología científica, las herramientas de medición y las técnicas astronómicas empleadas para traducir un pacto diplomático en una realidad geográfica medible.
A-Métodos de agrimensura colonial: Cadenas de agrimensor, brújulas y triangulación rústica.
El levantamiento topográfico de la frontera en 1776 y 1777 se basó en la combinación de mediciones lineales directas y mediciones angulares.
El instrumental técnico utilizado por las comisiones mixtas combinaba robustez mecánica y precisión óptica para la época:
1-La Cadena de Agrimensor (Cadena de Gunter o similares): Para medir las distancias longitudinales en terrenos llanos o valles (como el Valle de la Jagua o las llanuras del norte), se utilizaban cadenas de hierro o bronce de longitud estandarizada (generalmente divididas en eslabones y varas).
Este método requería que los ayudantes del agrimensor mantuvieran la cadena perfectamente horizontal y tensa, utilizando plomadas en terrenos con desniveles para evitar errores acumulativos por la pendiente del suelo.
2-La Brújula de Agrimensor y Grafómetros: Para determinar la orientación e inclinación de las líneas respecto al norte magnético, se empleaban brújulas montadas sobre bípodes o trípodes de madera, dotadas de pínulas o alidadas de pínulas para dirigir la visual hacia los jalones (postes de madera guías).
El grafómetro permitía medir los ángulos horizontales entre dos puntos de referencia sucesivos, lo que facilitaba el cálculo de los quiebres de la línea fronteriza.
3-Triangulación Rústica: En áreas donde la densa vegetación tropical impedía el paso directo de la cadena, los agrimensores recurrían a principios trigonométricos.
Establecían una «línea de base» despejada y medida con exactitud, y desde sus extremos medían los ángulos hacia un tercer punto prominente e inaccesible (como una cumbre o un árbol distinguible).
Mediante el cálculo del teorema de los senos, determinaban las distancias sin necesidad de desbrozar físicamente el terreno.
B-Determinación de coordenadas: Astronomía de posición para fijar latitudes y longitudes en el trópico.
Debido a que las brújulas magnéticas sufrían variaciones debido al magnetismo local y a la declinación magnética (la diferencia entre el norte magnético y el norte geográfico), los agrimensores de las comisiones de límites debían calibrar periódicamente sus mediciones mediante observaciones astronómicas.
Esto era crucial para fijar los «puntos extremos» o pivotes de la frontera.
1-Fijación de la Latitud: Determinar la posición norte-sur era la tarea más precisa y accesible en el siglo XVIII. Utilizando cuadrantes astronómicos y octantes, los astrónomos e ingenieros medían la altura de la Estrella Polar en la noche o la altura máxima del Sol al mediodía (paso meridiano).
Al cruzar estos datos con las tablas de declinación solar de los almanaques náuticos de la época, calculaban la latitud exacta de los campamentos base de la comisión.
2-El problema de la Longitud (Este-Oeste): Medir la longitud geográfica en el interior de una isla montañosa representaba el mayor desafío científico de la época.
Mientras que en el mar el uso del cronómetro marino se estaba consolidando, en tierra firme el transporte de estos delicados relojes mecánicos a lomo de mula alteraba su precisión.
Por ello, para calcular la longitud respecto a los meridianos de Cádiz o París, las comisiones recurrían a la observación de fenómenos astronómicos predecibles, tales como los eclipses de los satélites de Júpiter o las ocultaciones lunares.
Al contrastar la hora local del evento con la hora tabulada en Europa, estimaban la diferencia horaria y, por ende, la longitud.
C-Topografía de ríos y montañas: La traducción de accidentes geográficos naturales a líneas geométricas estatales.
El gran reto del Tratado de Aranjuez fue armonizar los límites naturales preferidos por los diplomáticos por su facilidad de reconocimiento visual con la rigidez de las líneas geométricas que exigía la cartografía soberana.
Los agrimensores dividieron la frontera en dos grandes tipos de accidentes:
1-Los Cursos Fluviales (Ríos Dajabón y Pedernales): Aunque un río parece una frontera evidente, técnicamente plantea problemas de agrimensura dinámica.
Los ríos caribeños sufren crecidas severas y cambian de curso (meandros). Los agrimensores debían cartografiar la línea del Thalweg (la vaguada o canal de navegación más profundo del río) y no simplemente sus orillas, para evitar que las variaciones estacionales del caudal alteraran la soberanía de los pastizales colindantes.
2-Las Divisorias de Aguas (Divisortia Aquarum): En el escarpado relieve de la Cordillera Central y la Sierra de Bahoruco, trazar líneas rectas con cadenas era físicamente imposible.
Los agrimensores adoptaron el criterio hidrográfico de la divisoria de aguas: la frontera seguiría las crestas y cumbres más altas de las montañas, de modo que las aguas que vertían hacia el oeste pertenecían a la colonia francesa y las que vertían hacia el este a la española.
El trabajo de campo consistía en ascender a las cumbres, fijar estaciones de observación con grafómetros y dibujar las siluetas del relieve para plasmarlas en el mapa final mediante el uso de sombreados y curvas de nivel primitivas.
III: Los Artífices del Terreno: Agrimensores y Comisarios.
Mientras los diplomáticos e ilustrados discutían las directrices geopolíticas en las cortes europeas, la verdadera soberanía e identidad de la frontera se definía en la espesura del trópico.
La aplicación práctica de los principios técnicos descritos en el capítulo anterior recayó sobre comisiones mixtas que debieron materializar la abstracción de una línea sobre una geografía indómita.
Este capítulo examina la labor operativa de los comisarios principales, la colosal logística detrás de la instalación de los bornes y la resolución de las disputas que surgieron a pie de obra.
A-Las expediciones conjuntas: El trabajo de campo de Joaquín García y el Vizconde de Choiseul.
La ejecución de los trabajos previos y posteriores al Tratado de Aranjuez estuvo bajo la dirección de dos figuras centrales nombradas por sus respectivas coronas: el brigadier español Joaquín García y Moreno y el comisario francés Jacinto Luis, Vizconde de Choiseul.
Lejos de trabajar de manera aislada, ambos hombres lideraron comisiones mixtas compuestas por ingenieros militares, astrónomos, picadores (encargados de abrir trochas o «líneas de corta» en la selva), soldados para la seguridad y guías locales que conocían los pasos ocultos de las montañas.
El trabajo de campo de estas expediciones conjuntas supuso una convivencia forzada y extrema bajo las inclemencias del clima caribeño.
Las comisiones debían avanzar en paralelo a ambos lados de la frontera proyectada, levantando campamentos provisionales que se trasladaban a medida que avanzaban las mediciones.
Los diarios de campaña de la época reflejan las dificultades del relieve: fiebres tropicales, picaduras de insectos, el constante riesgo de inundaciones repentinas de los ríos y la resistencia física que exigía escalar las pendientes de la Cordillera Central cargando el pesado instrumental de bronce y madera.
La cooperación técnica entre García y Choiseul demostró que, a pesar de las históricas rivalidades imperiales entre España y Francia, el lenguaje de la ciencia y la ingeniería militar sirvió como un puente de entendimiento neutral.
B-La materialización de la línea: El diseño, grabado e instalación técnica de los 221 bornes fronterizos.
La gran innovación del Tratado de Aranjuez no fue solo cartográfica, sino física: la frontera no debía ser una conjetura, sino un muro de hitos visibles.
Para ello, se ordenó la fabricación y colocación de 221 bornes o pirámides de piedra, numerados consecutivamente desde el norte (río Dajabón) hasta el sur (río Pedernales).
1-Diseño y Grabado: Los bornes fueron diseñados con una geometría piramidal o de pilastra truncada para garantizar su estabilidad estructural ante la erosión y el clima.
Cada hito de piedra labrada llevaba una inscripción grabada de forma clara y profunda en caras opuestas: en un lado la palabra «ESPAÑA» (o una combinación de las iniciales del monarca Carlos III) y en el lado opuesto la palabra «FRANCIA» (o las iniciales de Luis XVI), acompañadas del número de hito correspondiente de acuerdo al acta oficial.
2-Logística y Transporte: La instalación de estos monumentos supuso una pesadilla logística.
Muchas de las piedras debieron ser talladas en canteras específicas donde la roca poseía la dureza adecuada para resistir el paso del tiempo y luego ser transportadas a lo largo de cientos de kilómetros.
En las zonas llanas del norte y del sur, se utilizaron carretas tiradas por bueyes; sin embargo, en los valles interiores y en las escarpadas crestas de las sierras, los bornes tuvieron que ser fragmentados o transportados a lomo de mula y, en los casos más extremos de paredes rocosas inaccesibles, a pulso por cuadrillas de obreros y esclavos, quienes además debían preparar la mezcla de argamasa para cimentar firmemente cada hito en el suelo.
C-Errores de medición, relieves accidentados y la superación de sesgos cartográficos de la época.
A pesar del rigor de Joaquín García y el Vizconde de Choiseul, la agrimensura del siglo XVIII no estaba exenta de limitaciones.
A medida que las comisiones se internaban en el escarpado relieve de la isla, la acumulación de pequeños errores en el conteo de las cadenas o las sutiles variaciones en la nivelación de los grafómetros daban pie a discrepancias.
Al contrastar los mapas parciales levantados por el equipo español con los del equipo francés, surgían desfases y superposiciones de terreno conocidas en la época como «tierras de nadie» o «áreas en disputa».
Cuando estos sesgos cartográficos se manifestaban, los comisarios debían detener las mediciones y abrir sesiones de negociación directa sobre el terreno.
Las disputas solían centrarse en el control de recursos estratégicos: valles con pastos fértiles para el ganado, acceso a manantiales de agua dulce o colinas que ofrecían una ventaja táctica militar para la construcción de fortines.
La superación de estos impases no se logró mediante la rigidez matemática, sino a través de compensaciones mutuas guiadas por el pragmatismo ilustrado.
Si la comisión francesa demostraba una ocupación agrícola consolidada en un pequeño sector debido a un error de apreciación natural, la comisión española negociaba la cesión de esos metros a cambio de enderezar la línea en otro tramo que favoreciera la seguridad estratégica de la colonia de Santo Domingo.
De este modo, los 221 bornes se convirtieron en un monumento a la negociación técnico-política.
D-El eco de los bornes: El Tratado de Aranjuez como cimiento fronterizo en la era republicana (1844-1929).
La labor de medición ejecutada por los agrimensores ilustrados en 1777 no quedó confinada al archivo colonial; por el contrario, se convirtió en el argumento legal y geográfico más ardientemente debatido tras la disolución del control metropolitano.
Al proclamarse la independencia de la República Dominicana el 27 de febrero de 1844, el naciente Estado se enfrentó a la necesidad perentoria de definir sus límites frente a la República de Haití, nación que ya se había independizado en 1804 y que mantenía una concepción territorial expansiva fundamentada en la indivisibilidad de la isla.
El Tratado de Aranjuez fue retomado oficialmente por la República Dominicana en su Primera Constitución del 6 de noviembre de 1844.
En su artículo 2, el texto constitucional estableció de forma unilateral que el territorio de la nueva República comprendía todo lo que legítimamente le correspondía por la vía del uti possidetis iuris (el derecho de posesión legal histórica), fijando explícitamente sus límites en la misma línea fronteriza que el Tratado de Aranjuez dictaminó en 1777.
Sin embargo, la aplicación de esta disposición constitucional chocó de inmediato con una compleja realidad demográfica y militar en el terreno.
Durante los veintidós años de la ocupación haitiana (1822-1844), y debido al abandono previo de la Línea Noroeste y el Centro por parte de las autoridades españolas, miles de ciudadanos haitianos se habían asentado e integrado de forma permanente al este de los 221 bornes coloniales.
Poblaciones de origen netamente hispánico y fundadas por la corona española, tales como Hincha, Las Caobas, San Miguel de la Atalaya y San Rafael de la Angostura, se encontraban bajo ocupación fáctica haitiana.
Mientras los diplomáticos dominicanos defendían la validez jurídica de la cartografía de Aranjuez, el Estado haitiano contrarrestaba abrazando el principio del uti possidetis de facto (la soberanía basada en la ocupación física real).
Esta colisión de posturas impidió el restablecimiento exacto de la línea de los agrimensores ilustrados. Tras décadas de hostilidades y estancamiento diplomático, la República Dominicana y Haití debieron negociar un acuerdo definitivo que armonizara los viejos mapas coloniales con la realidad de las comunidades asentadas.
Este proceso culminó con la firma del Tratado Fronterizo del 21 de enero de 1929 (bajo los gobiernos de Horacio Vásquez y Louis Borno) y su posterior Protocolo de Revisión de 1936 (ejecutado por Rafael L. Trujillo y Sténio Vincent).
El trazado definitivo de 1929/1936 respetó la orientación general norte-sur heredada de Aranjuez y mantuvo los pivotes fluviales de los ríos Dajabón y Pedernales; no obstante, el nuevo diseño geométrico terminó por ceder a Haití aproximadamente 6,200 kilómetros cuadrados de territorio que Joaquín García y el Cuerpo de Ingenieros Militares habían delimitado originalmente como españoles en 1777.
Así, los bornes coloniales funcionaron como el soporte histórico imprescindible para salvaguardar la integridad de la República Dominicana, pero la línea final demostró que en la agrimensura política del siglo XX, la presencia humana sobre el terreno terminó alterando la rigidez de los mapas de la Ilustración.
Conclusiones.
El análisis de la evolución fronteriza en la isla de La Española a través de los Tratados de Ryswick, Aranjuez y Basilea revela que la delimitación de las soberanías no fue únicamente un ejercicio de diplomacia cortesana, sino un logro derivado de la aplicación de la ciencia geodésica y la agrimensura ilustrada sobre el terreno.
Al concluir este estudio, se desprenden las siguientes consideraciones fundamentales:
▪️La evolución del vacío a la precisión: El paso de la vaguedad fáctica del Tratado de Ryswick (1697) a la rigidez matemática del Tratado de Aranjuez (1777) demuestra el cambio de paradigma colonial del siglo XVIII.
Mientras que Ryswick supuso una «frontera invisible» que incentivó la expansión descontrolada debido a la falta de descripciones técnicas, Aranjuez implementó por primera vez la cartografía científica y la topografía militar para subordinar las disputas políticas a la exactitud de una línea medida y documentada.
▪️La agrimensura como herramienta de soberanía: El trabajo de campo ejecutado por comisiones mixtas, lideradas por figuras como Joaquín García y el Vizconde de Choiseul, evidencia que los ingenieros militares fueron los verdaderos artífices de la frontera.
El uso de instrumentos como las cadenas de agrimensor, los grafómetros y la astronomía de posición para fijar latitudes y longitudes transformó la geografía hostil y escarpada de la isla en un espacio estatal geométricamente controlado.
▪️El hito físico como monumento jurídico: La monumental empresa logística de diseñar, transportar e instalar los 221 bornes de piedra a lo largo de relieves accidentados y divisorias de aguas consolidó la frontera de «derecho».
Estos hitos no solo sirvieron para frenar la expansión territorial, sino que funcionaron como puntos de control físico donde las imprecisiones de los mapas coloniales debieron resolverse mediante el pragmatismo y la negociación técnica a pie de obra.
▪️Un legado cartográfico permanente: A pesar de que el Tratado de Basilea (1795) disolvió temporalmente la línea internacional al ceder toda la isla a la Corona francesa, el impacto técnico de la delimitación de 1777 fue irreversible.
Los planos, coordenadas y bornes sobrevivieron al colapso de los imperios coloniales y sirvieron como el antecedente geográfico ineludible sobre el cual las nacientes repúblicas de Haití y la República Dominicana articularían, décadas más tarde, sus respectivas soberanías territoriales en el siglo XIX y XX.
En definitiva, «Ciencia bajo la línea» confirma que la demarcación de La Española no se limitó a un trazado de fronteras políticas, sino que constituyó un hito en la historia de la cartografía americana, donde la exactitud de la brújula y el rigor de la agrimensura demostraron ser los pilares fundamentales para la estabilidad y el ordenamiento de los Estados.
Att: Ramón Oniel Jiménez Rodríguez (Agrimensor)
Siempre parece imposible hasta que se hace.
Nelson Mandela.